La Marcha del 2 de Octubre, recuerdo de una nación en duelo permanente y un país que no está tan bien “como lo pintan”

La Marcha del 2 de Octubre, recuerdo de una nación en duelo permanente y un país que no está tan bien “como lo pintan”

3 octubre, 2019 1 Por Francisco Sarabia

Al margen de los disturbios provocados por grupos marginales considerados “vándalos” en la marcha del 2 de octubre, la manifestación para recordar en el 51 aniversario a los mártires de Tlatelolco en aquel trágico 68, dejó quizá muchas lecturas que tal vez coinciden en una muy clara señal de que el país no está bien –o tan bien- como lo ha reiterado el Presidente Andrés Manuel López Obrador.

Nunca en los últimos cinco años se había observado un despliegue exagerado de policías para vigilar una marcha del 2 de octubre. El escenario del primer cuadro de la ciudad de México, su centro histórico estaba invadido de uniformados que corrían y se desplazaban en pelotones por las céntricas avenidas, próximas al paso del contingente que venía de la Plaza de las Tres Culturas hacia el Zócalo capitalino.

Desde un día antes, trabajadores del Gobierno de la Ciudad trabajaron de tarde, noche y madrugada montando vallas de madera y lámina sobre el perímetro de las calles donde se concentran los edificios del Centro Histórico “Patrimonio de la Humanidad”.

Hasta la típica Plaza Garibaldi, esa que frecuentemente aparece como escenario de muertes y trifulcas entre bandas de narcotraficantes, amaneció este miércoles cercada, amurallada. También fue resguardada ante posibles actos violentos que pudiera provocar la avalancha de manifestantes que salió desde la emblemática Plaza de Tlatelolco y camino por la antigua Vía San Juan de Letrán –hoy Eje Central Lázaro Cárdenas- hasta el Palacio de Bellas Artes, donde dobló a la izquierda con dirección a la plaza mayor de la capital.

La consigna era vigilar a los “vándalos” y evitar daños al patrimonio histórico o a los comercios que desde la tarde estaban todos –o casi todos- cerrados porque llegaría una horda de jóvenes violentos como si la tradicional marcha del dos de octubre fuera eso; saquear comercios, pintarrajear paredes o destruir lo que se atravesara a ese contingente de ciudadanos en rebeldía, que tras medio siglo de resistencia continúan reclamando a los gobiernos una justicia que nunca llega, o si se asoma apenas lo hace a “cuentagotas”.

La marcha que recuerda la memoria de la masacre de Tlatelolco removió otra vez al inconsciente colectivo de un país que no descansa por sus muertos, y que con las mismas voces y consignas de sus jóvenes universitarios, de sus obreros, catedráticos, colectivos de barrios, sindicatos, luchadores sociales y ciudadanos en resistencia, siguen gritando que no olvidan. Porque ante tanta injusticia e impunidad, el duelo de una nación entera sigue vigente frente a la indiferencia de gobiernos insensibles que no tienen voluntad para aplicar la justicia y garantizar la paz social a partir de la reparación de daños.

La manifestación de ayer, a ratos parecía centrarse en el morbo de sentir y presenciar el momento en que aparecieran los jóvenes rebeldes con trajes oscuros y rostros cubiertos lanzando bombas molotov, para reventar los escaparates de locales comerciales, y ver la furia desenfrenada con que algún “encapuchado” destruía con “el marro en mano” el puesto de periódicos o la vitrina encristalada para dejar en evidencia ante las redes sociales y la tele-audiencia, que la movilización en las calles –más que un derecho político legítimo vigente – aparece ante todo, como una forma de protesta matizada y ensombrecida por el estigma de la violencia.

Entrada la tarde, la opinión pública informada por las redes y la televisión tenían claro que un grupo de jóvenes “anarquistas”, “encapuchados”, “infiltrados” al servicio de oscuros intereses habían ocasionado daños al comercio y al patrimonio histórico de la capital.

Más allá de cualquier argumento para condenar o justificar los actos que parecen derivan en un caso prefabricado de “linchamiento mediático” contra jóvenes inconformes o inadaptados, lo de la marcha del 2 de octubre dejó entrever fue la necesidad y el deseo de justicia en un país que igual se indigna y hasta aplica la ley por cuenta propia contra uno o más individuos que roban, asaltan o destruyen locales comerciales, pero es incapaz de exigir castigo y que se aplique todo el peso de la ley -ya no se diga linchar- contra quien o quienes destruyen una Nación entera y provocan hambre, muerte y pobreza en perjuicio de millones de mexicanos en situación de vulnerabilidad.

Lo ocurrido ayer durante la marcha en memoria del Dos de octubre, abre paso a hechos inesperados en un contexto político como el actual. Por todas las calles y callejones que confluían a la calle 5 de mayo desde el tramo de Eje Central hasta llegar al Zócalo, había “enjambres” de policías observando el paso de estudiantes universitarios, normalistas lanzando consignas evocando una sociedad más justa y condenando la grotesca desigualdad social en un país que no parece del todo convencido de dejar atrás el perverso juego a que somete el capital trasnacional.

Y en sus pancartas, colectivos de movimientos internacionalistas lo consignaban: “muerte al Estado. Que vivan los anarquistas”; “anarquista, comunista, clandestino, que viva Vallejo Suversivo”, haciendo referencia al barrio obrero del norte de la capital y al CCH que un día antes de la marcha estuvo cercado por policías capitalinos que buscaban “vándalos” entre sus estudiantes.

La marcha dedicada a la memoria de los estudiantes masacrados la tarde del dos de octubre en la Plaza de las Tres Culturas resumió en cuatro palabras la clásica consigna que retoma la lucha por todos los muertos y desaparecidos desparramados en todo el país. “Ni perdón ni olvido” y en ese reclamo general lanzado por los manifestantes, los jóvenes recordaron en sus gritos insistentes a los 43 estudiantes normalistas desaparecidos, a los que mencionaban uno por uno y sentenciaban en su protesta –la más sonada tal vez durante la marcha: Fue el Estado, fue el Estado, fue el Estado.