Cinco historias, cinco reos que revelan cómo estamos perdiendo a nuestros muchachos a causa del mal planeado sistema carcelario

Cinco historias, cinco reos que revelan cómo estamos perdiendo a nuestros muchachos a causa del mal planeado sistema carcelario

28 agosto, 2019 0 Por J. Jesús Lemus

Desde la década de los 70’s México se ha autorreconocido como un país de jóvenes, pero solo ha sido un slogan; como sociedad hemos sido poco capaces de llevar a la realidad las oportunidades que este sector necesita para su pleno desarrollo. La falta de oportunidades para los jóvenes ha sido el signo distintivo de las últimas décadas en nuestro país.

La más cruda evidencia del abandono social en el que se encuentran los jóvenes mexicanos es la cárcel, el sitio de destino a donde van a dar nuestros muchachos, a donde en realidad se les está confinando como resultado de la falta de oportunidades.

¿Qué es lo que hemos hecho mal como sociedad para llegar a este punto de quiebre? No hay respuestas visibles a la pregunta, solo decenas, cientos, miles de casos de muchachos presos que desde sus celdas se culpan todos los días a sí mismos de su desgracia, sin considerar que parte de su situación fue creada por las condiciones de vida que les aportó la misma sociedad.

La pobreza, la disfuncionalidad familiar, el fácil acceso a las armas, el abundante mercado de las drogas y una sociedad que no voltea a verlos, solo cuando cometen ilícitos, podrían ser parte de la respuesta no solo a la pregunta anterior, sino a la búsqueda de culpas que miles de jóvenes se escudriñan en prisión.

Son pedazos de vida que literalmente se quedan en estas paredes a la escucha de sus historias, donde a veces solo el grito de un guardia, o el silbato del improvisado árbitro que modera el juego en la cancha de futbol, los saca de su abstracción, la que inconforme se reacomoda y vuelve a descargar el peso de lo acumulado en el pecho durante años.

Con La Inocencia Arrebatada

Le gusta que le digan “El Toquesitos”. Tiene 25 años de edad. Está próximo a salir de prisión, luego de seis años de encierro. Aun así no se ve feliz. La cárcel parece que lo ha dejado seco de emociones, aunque él mismo reconoce que perdió toda la felicidad a los cinco años.

Y es que a los cinco años “El Toquesitos” fue violado por su padre. No fue una vez, ni dos, ni tres, fueron cinco años consecutivos los que estuvo sometido a la perversidad de su padre. Eso lo mantiene muerto en vida. Fue lo que lo hizo acercarse a las drogas: apenas tuvo uso de razón se enroló con la mariguana. Después fue por drogas más duras. Y las drogas lo llevaron a la delincuencia.

La violación acabó con toda su felicidad. Sus sueños se esfumaron de la noche a la mañana. Su mayor deseo era que su padre jugara con él. Anhelaba jugar al futbol, a las luchitas. Pero todo se perdió.

“La violación fue el momento en el que se torció mi vida. Ese fue el tropiezo más horrible, vivir en ese martirio durante cinco años”, confiesa mientras se le nubla la vista en el recuerdo de los sucesos. Carraspea cuando recuerda cómo su padre lo golpeaba, lo azotaba. Y cómo se difuminó el sueño de salir a jugar con él.

Hoy “El Toquesitos” se encuentra en Centro Varonil de Readaptación Social (Cevareso) de la Ciudad de México. Se encuentra sentenciado por los delitos de homicidio y robo agravado a transeúntes. Antes de estar en esta cárcel estuvo en el Reclusorio Oriente y en el Tutelar de San Fernando. Él es uno de nuestros muchachos que luchan a diario por sobrevivir dentro de la prisión.

En México, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI), con base en cifras calculadas en datos obtenidos de la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad 2016, el grupo poblacional penitenciario de los jóvenes entre 18 a 28 años de edad es uno de los de mayor tamaño, representando el 28.8 por ciento de toda la población carcelaria.

“El Toquesitos” forma parte del 28.8 por ciento de esa gran población carcelaria que son los jóvenes, y que comenzaron su vida delincuencial a temprana edad y casi de manera fortuita, aunque certera por las condiciones sociales que los rodearon.

La vida delincuencial de “El Toquesitos” fue de la mano con su adicción. Él mismo lo reconoce, pues la necesidad de hacerse de recursos para conseguir drogas fue lo que lo empujó a salir a las calles para asaltar a los transeúntes y así tener acceso a “la piedra”, el alcohol, “el perico”, “el activo”, los psicotrópicos y todo aquello que lo pudiera sacar de su realidad y olvidar, aunque fuera de momento, el recuerdo de las vejaciones sexuales en manos de su padre.

Recuerda el primer robo que cometió. Era un viernes por la tarde, él tenía solo 16 años de edad. Vivía cerca de una central de autobuses en la Ciudad de México, “andaba buscando generar para drogarme”, cuenta, y así fue que apareció su primera víctima: una mujer que portaba una mochila, a quien pretendía quitarle solo el teléfono celular.

Pero en el forcejeo, la mujer fue despojada de su mochila, y él descubrió que contenía 50 mil pesos. Con el botín en sus manos, “El Toquesitos” corrió. Se internó en las calles inmediatas hasta llegar a una privada, en donde su intuición le avisó que todo iba a salir mal. Y así fue: a unos metros de la calle por donde desandaba sus pasos ya lo esperaba una patrulla de la policía capitalina, en compañía de su víctima. Esa fue la primera ocasión que fue a dar a la cárcel, siendo apenas un niño, golpeado por la violenta forma de ausentarse de su padre.

Empujados a la Delincuencia

De acuerdo con el estudio “La Reinserción Socio Familiar de los Adolescentes en Conflicto con la Ley: de la Situación Actual Hacia Una Propuesta de Intervención”, de la antropóloga y psicoanalista Elena Azaola, publicado en agosto del 2014, de los adolescentes privados de la libertad, aquellos entre 14 y 18 años, el 22 por ciento nunca ha vivido con su padre, ni ha tenido la oportunidad de conocerlo.

Este es el caso de “El Jonathan”, quien nunca conoció a su padre, y cuya madre murió apenas dos días antes de que fuera detenido, en abril del 2009. Hoy tiene 27 años, de los que los últimos nueve los ha pasado dentro del Cevareso de la Ciudad de México. Enfrenta una condena de 11 años por el delito de robo con violencia a transeúntes.

La falta de una conducción dentro del seno familiar fue lo que lo arrojó a las calles. Él no hubiera querido delinquir –lo reconoce-, pero dos factores le hicieron imposible su deseo: la falta de autoridad en su familia y la pobreza lacerante en la que vivía. Ambas condiciones le hicieron creer que el robo era una forma de superar sus carencias.

Se inició en la delincuencia azuzado por los amigos. Su primer robo fue a una mujer que esperaba dentro de su auto el avance del tráfico vehicular. Le rompió el cristal y la pudo despojar de su bolso y un teléfono celular. En el reparto del botín le tocaron 200 pesos, los que gastó en una comida y una entrada al cine. “Fueron tonterías”, dice. Pero ese, finalmente, fue su inicio en el mundo delincuencial.

Después de su primero robo, en su conciencia bulló la convicción de que ya nada lo detendría. Pensó que la delincuencia sería su oficio para siempre. Pero al mediodía del 21 de abril del 2009 no corrió con tanta suerte: las cámaras de seguridad de la Secretaría de Seguridad Pública del entonces Gobierno del Distrito Federal, lo captaron mientras cometía uno de sus muy practicados cristalazos.

Las imágenes fueron difundidas durante varios días a través de El Noticiero del periodista Joaquín López Dóriga y entonces comenzó su búsqueda… y se logró su captura. Allí fue cuando comenzó a pagarle a la sociedad lo que ella misma lo había empujado a hacer. Fue recluido en el Tutelar de San Fernando, en donde lejos de alcanzar una adecuada rehabilitación exploró –por influencia de su entorno- nuevas formas de delinquir.

Hasta antes de su primera detención, ninguno de sus delitos había tenido consecuencias. No sabe cuántos robos cometió antes de ser internado en el Tutelar de San Fernando, pero “fueron muchos”, asegura. La mayoría de ellos fueron cometidos en las inmediaciones de la estación del Metro Observatorio, en donde “El Jonathan”, a veces solo, a veces en pandilla, despojaba a los transeúntes a punta de pistola.

¿Cómo consiguió una pistola? No lo dice. Tal vez ni siquiera lo sepa. Se achica mientras busca respuestas en su cabeza. Rehúye a la pregunta. Responde evasivamente y vuelve a la narración del atraco que finalmente lo llevó a prisión.

Al principio robaba para comer, lo reconoce, pero después –dice- fue la ambición del dinero lo que lo mantuvo dentro de la actividad delincuencial. Con el saldo del botín de todos los días, el que cuantifica en “por lo menos tres atracos al día”, ayudaba a cubrirlas necesidades de su casa. El resto lo utilizaba para sus gustos personales; le gustaba comprar equipos de música y hasta pudo comprarse un auto.

Antes de entrar al Tutelar de San Fernando, “El Jonathan” solo le pegaba a los cristalazos, a veces al asalto de transeúntes, pero luego de salir del tutelar comenzó con el robo de autos. Era una actividad más rentable. En un solo día llegó a robar hasta seis vehículos, por los que recibía un pago que iba de los cinco mil a los seis mil pesos. Pero fue detenido. Y qué bueno que así fue, él mismo lo dice, “porque de haber seguido, habría llegado a una situación más dura”.

Actualmente, tras nueve años de prisión, él sabe que está próximo a salir. “Solo me faltan dos años”, dice sin manifestar un signo de alegría en su rostro. Mientras, palia los días dentro de prisión aferrado a su gusto por el futbol, y en menor medida a su afición al futbol americano. También cursa la educación intramuros. Ingresó con estudios de secundaria y ahora cursa el nivel de bachillerato.

Él espera salir con su educación media superior concluida, que supone sea una herramienta importante para insertarse en el mercado laboral, aunque no tiene oficio. Nunca ha trabajado. Pero está dispuesto a afrontar el reto. Su abogado, al que considera su único amigo, le ayudará a colocarse en un trabajo digno. No aspira a ganar mucho, pero sabe que con lo poco que logre será suficiente para vivir mejor que como vive actualmente en prisión.

Y es que la cárcel es un infierno. Vivir aquí no es vida, reconoce la mayoría de los internos entrevistados en el CEVARESO en ocasión del levantamiento de este trabajo (en marzo de 2018).

“La privación de la libertad es arrancarle un pedazo de vida a uno”, dice “El Temo”, quien a sus 26 años ya lleva cinco recluido en esta cárcel, lo que le ha dejado la convicción de que “ya estuvo bueno, como lección, ya la entendí. No importa que a veces te traten bien. Como dice una canción, aunque la cárcel sea de oro, no deja de ser prisión”.

De acuerdo con los datos que aporta el estudio de Elena Azaola, el 77 por ciento de los adolescentes encuestados dijo haberse sentido muy mal al momento de ingresar al centro de internamiento; el 51 por ciento señaló que al momento de levantar la entrevista se sentía “bien” en el centro de internamiento; el 33% dijo sentirse “regular” en la cárcel, y el 16 por ciento dijo que seguía sintiéndose “muy mal”.

Violencia Intracarcelaria

Las condiciones de vida para un adolescente privado de su libertad son violentas. Un dato que llama la atención en el estudio referido es que el 31 por ciento de los encuestados señaló haber sido golpeado por sus compañeros, a lo que se suma que el 46 por ciento de esa muestra señaló que sus compañeros les habían robado sus pertenencias.

Bajo esas circunstancias, “El Jonathan” vive su encierro de manera casi estoica. Habla de la cárcel como si fuera una condición que ya le tenía deparada el destino. No alcanza a dimensionar que no todo es su responsabilidad. Dice que a él le tocó la cárcel como vida, pero quiere remontar su destino. Por eso aquí intenta rehabilitarse. Trata de recomponer su vida. Tiene motivos para ello.

“El Jonathan” tiene una hija de dos años y una esposa que lo visita de manera constante. Son la mejor razón que observa para enderezar su destino, aunque todos los días se tiene que enfrentar a la sobrevivencia carcelaria. Las cicatrices en los nudillos de sus manos son la mayor evidencia de lo que ha tenido que hacer para que la cárcel no se lo coma.

“Soy bueno para los golpes”, dice mientras muestra sus puños cerrados que emulan dos pedazos de metal. No tiene que explicar mucho. El resto de los internos que lo ven al paso, bajan la mirada. Nadie lo ve a la cara. Es la mejor muestra del respeto que se ha ganado. Puede ser por su violencia contenida en sus no más de un metro con 65 centímetros o por el respeto que se ha ganado siendo Comisionado de Actividades Deportivas que le ha encomendado la dirección del penal.

Lo que sea, pero tiene la autoridad para pasar por en medio de los grupos de internos que platican en los pasillos, mientras estos se abren para que pase el hombre. Él ni siquiera voltea a ver a nadie. Con sus manos va cortando el aire. Cuida que nadie invada su espacio íntimo. Se pierde con la cabeza agachada sumida en sus pensamientos. Tal vez piensa en su libertad, tal vez en volver a ver a su hija.

Carne de Prisión

Según datos de la Encuesta Nacional de Población Privada de su Libertad (ENPOL) 2016 del INEGI, donde se define como jóvenes en prisión a las personas mayores de 18 años y menores de 29, cerca de 30 por ciento de la población carcelaria del país se ubica en ese grupo poblacional; es decir, casi uno de cada tres presos son jóvenes, lo que arroja que de los 211 mil internos censados en ese año, por lo menos 60 mil 770 eran jóvenes; 5.4 por ciento eran mujeres.

Atenidos a las cifras de la ENPOL 2016, la más reciente sobre el tema, se debe considerar que el 54 por ciento de los jóvenes en reclusión son solteros, 10 por ciento son casados, mientras que el 28 por ciento están en unión libre; la mitad tiene hijos. El promedio de edad de los hijos de los jóvenes en prisión es de cinco años y el promedio de edad a la que tuvieron su primero hijo es a los 19.

“El Leo” encaja dentro de este grupo. Fue padre a temprana edad, casi de la misma forma en que fue empujado a delinquir. Para escapar de la pobreza buscó el amor, y luego en forma natural llegó el hijo, el que asegura es el motor de su vida. Fue padre cuando apenas tenía 14 años, cuando todavía era un niño. Hoy se alegra de que así haya sido porque, dice, “mi hijo es casi de mi edad”. Luego suelta la risa, que a sus 28 años de edad no deja de ser también la de un niño.

Este interno del Cevareso de la Ciudad de México no deja de sonreír. Finca sus esperanzas de libertad solo en la necesidad de estar al lado de su hijo. A sus 28 años, de los que nueve los ha pasado en reclusión, se dice arrepentido de su vida delictiva. No la justifica, pero reconoce que en ello tuvo gran influencia el estado de pobreza en el que vivió, pues en su casa “no había ni para comer”.

Pero a la pobreza que padeció, también se suma el ejemplo que observó de su padre: también era delincuente. Estuvo dos veces en prisión, en donde compurgó cuatro años de encierro por el delito de robo de vehículos. “El Leo” lo visitaba en prisión, y dice que sumado al dolor de ver a su padre encerrado y saber que era un delincuente, allí fue cuando él supo que también sería delincuente.

“Me llamaba la atención saber lo que era estar dentro de prisión. Visitar a mi padre en prisión fue lo que me inculcó querer saber qué era estar en la cárcel. Allí fue donde pensé que yo también sería un delincuente”, cuenta mientras baja la cabeza en actitud de vergüenza, pero se recompone. Infla el pecho cuando reconsidera que los robos que cometió fueron para llevar dinero a su casa y para ayudar a la manutención de su madre, su hermana y su hermano.

“El Leo” atribuye su actual condición delictiva no solo a la pobreza, sino también al ejemplo que vio en su casa materna y al entorno que lo rodeó de pequeño, no solo en su casa sino en su colonia, donde reconoce “hay mucha delincuencia”.

Creció en una familia en donde se delinquía: también uno de sus tíos se dedicaba al robo de autos. Eso le facilitó iniciarse en el delito. Eso –dice– me motivó siendo adolescente a mi primer delito. Su primer robo fue el de un auto modelo Bora.

Tras el robo, sus sueños de niño se esfumaron. “El Leo” quería ser doctor, por lo menos bombero. Pretendía, y lo dice con los ojos brillosos, un modo honesto de vida, pero la realidad con la que se estrelló terminó por absorberlo. Su vida delictiva le gustó. A los 16 años comenzó a robar autopartes. “Me comenzó a agradar el dinero. Y me gustó el dinero mal habido”, dice con un asomo de arrepentimiento en su voz.

Luego recuerda que eso le costó su primer ingreso al Consejo Tutelar, el popularmente llamado “Tribilín”, en donde le dieron 22 días hábiles, por su primer delito. Estando en esa prisión supo que uno de sus primos murió durante un asalto. Lo mató un elemento de la Policía Bancaria e Industrial (PBI), y eso “me hizo rencoroso hacia la ley. Me volvió más cábula”.

Dice que la muerte de su primo lo hizo convertirse en la persona que no quería ser. Allí fue donde dejó atrás al niño bueno, al niño bien portado que iba a la primaria “Mártires de Tacubaya” y que luego ingresó a la Escuela Secundaria Técnica número 4. “Iba bien, pero me comenzó a jalar la maldad. Dejé la escuela y comencé a robar. Me independicé. Me compré un Vocho, aparatos, lujos”.

“Me iba bien robando”, pero hoy se arrepiente de todo eso, lo reconoce viendo a los ojos: “me arrepiento por el valor de la libertad. De un taco. De comer. Aquí (en la cárcel) vienes a valorar eso”, dice con certeza. Sueña con volver a sus días ya idos, cuando lo normal “era salir a la escuela, regresar, comer. Jugaba futbol en mi colonia. Ya más grande irme de pinta. Hay un colegio americano donde nos dejaban pasar a natación”.

Pero la pobreza y el ejemplo de su padre todo le cambió: entró al mundo de las drogas. “Comencé a probar la mariguana, el PVC. Me agarraba a ‘monear’ (inhalar solventes) con las chavas en los hoteles”. A él lo transformó saber que su padre era un delincuente.

¿Cómo me torcí? Él mismo se lo pregunta y en la soledad de la cárcel, se responde: “yo creo que es cuando cae mi papá (a prisión). Cuando me enteré de que mi papá era ratero. Él robaba carros, con llaves de ‘chorla’. Me decía que era licenciado. Todo me daba. Me llevaba cada ocho días a un balneario a Cuernavaca. Yo veía que llegaba con un carro y a la hora con otro”.

De aquella vida que, aunque en la pobreza era de aparente felicidad, él mismo comenzó a dudar y en la calle le despejaron sus dudas: “Vecinos del barrio me dijeron que mi papá robaba coches, y eso fue lo que me cambió mi pensar. Yo quería ser doctor o bombero, pero eso fue lo que me desvió”.

Pero sabe que no todo está perdido. Hoy “El Leo” quiere solo una oportunidad para recomponer su vida. Y esa oportunidad la busca en el amor. Justo ahora se encuentra “enrolado” con una chica que conoció por medio de otro interno. La relación solo ha sido vía telefónica. Ella no lo ha podido ir a visitar a prisión porque recién acaba de fallecer el papá de sus dos hijos, “y no tiene con quién encargarlos”, justifica el mismo Leo.

Se anima con su propio razonamiento: “cuando alguien te contesta y te da algo de su tiempo, es sincero y de corazón”, por eso piensa que vale la pena el intento amoroso. Su expectativa al salir de prisión es vivir con alguien. Esa es una razón. Esa es una posibilidad de la que se puede sujetar para rehacer su vida, dejar atrás las actividades delictivas y ser un ejemplo de trabajo para su hijo, a quien quiere que crezca lejos de las condiciones que a él lo llevaron al delito.

Dice que si su vida fuera una película, “yo creo que trataría de un chavo al que lo engañaron. Entró a lo malo y de lo malo salió algo bueno. Yo me hice delincuente, y a base de eso he ido conociendo el valor del día. Yo no creo que tenga mucho caso robar, porque nada de lo que me robé me alcanzó. Todo se terminó. Aquí (a la cárcel) vienes a conocer la ‘ericés’. El no tener un taco, ni dinero para una llamada telefónica”. Eso es lo que, asegura, le ha hecho cambiar.

Después de todo considera que la cárcel, con todos sus vicios y sus problemas, le ha hecho ser una mejor persona. El cambio se observa a simple vista. “El Leo” es una persona respetuosa. Casi tímida. Discreta: “La cárcel me enseñó a ser respetuoso, a valorar una amistad. A cumplir mi palabra”. Le enseñó a no dañar a nadie. Porque incluso en libertad, en su vida delictiva asegura que nunca le hizo daño físico a nadie. Solo les robaba.

“La clave era llegar sin que se dieran cuenta: ‘¡dame el reloj!’. ‘¡Quieto, bájate para atrás!’ (Sic), usaba más la psicología. ‘¡Chingó a su madre no su mueva!’ ‘pum, pum’, unos cachazos en la cabeza”, pero no había pérdida de vidas, dice.

Pero la cárcel no solo le ha sacado lo mejor. También ha tenido que actuar de manera violenta para defender su dignidad. A la fuerza hizo que a su padre se le respetara y que no lo pusieran a dormir en cuclillas. Recuerda cómo, con navaja en mano, acompañado de “La Máquina”, “El Uva” y “El Chica”, impuso el respeto para su padre cuando fue trasladado desde el Reclusorio Oriente y estuvieron presos juntos padre e hijo en el Reclusorio Sur, en donde “‘El Leo’ se rifó varias veces el rostro”, se refiere a sí mismo en tercera persona.

Ahora asegura que todo ha cambiado. Espera salir en un año y un mes. Tiene el apoyo de su abogado, que le ha ofrecido trabajo. También cuenta con la ayuda de su madre, de su padre que ya salió de prisión. Su madre trabaja en la intendencia, su padre ahora es carpintero y predica la palabra de Dios. Quiere trabajar “por la derecha, honradamente”. Ya le quedó claro que la vida es una y no se regresa. Pero en sus expectativas considera una posibilidad de “un diez por ciento de no pegarle” de nueva cuenta al crimen.

“El Leo” se encuentra sentenciado por el delito de robo con violencia y tiene una condena de 10 años, de los que ya lleva pagados nueve. Ya se sabe con un “pie en la calle”, por eso a veces sonríe. “Solo a veces –dice– me invade el miedo”. No tiene miedo a lo que encuentre en la calle, sino a la posibilidad de delinquir, en este periodo que le resta, dentro de la prisión. Quiere dejar atrás las actividades delictivas.

La Reincidencia, el Otro Reto

La reincidencia delictiva entre los jóvenes infractores es uno de los fenómenos más lacerantes del sistema carcelario mexicano, según lo reconoce la CNDH en su informe especial de 2017 “Adolescentes: Vulnerabilidad y Violencia”, en el que se establece que, “comparadas con las opciones de tratamiento que se proporcionan en las comunidades, el encarcelamiento incrementó las posibilidades de reincidencia hasta en 26 por ciento”.

Esta cifra queda superada con lo que señala la “Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad” 2016 del INEGI, que sostiene que la reincidencia delictiva entre la población reclusa en 37 de las principales cárceles del país, oscila entre el 9 y el 52 por ciento. Los primeros lugares del ranking nacional lo ocupan las cárceles de la Ciudad de México.

En el Reclusorio Preventivo Varonil Norte y en el Reclusorio Preventivo Varonil Sur los reincidentes representan el 52 por ciento de la población carcelaria, en el Centro Varonil de Reinserción Social son el 46 por ciento, en tanto que en el Reclusorio Preventivo Varonil Oriente el 44 por ciento de la población ha delinquido más de dos veces.

“El Erick” entra dentro de este grupo. A sus 26 años de edad ha reincidido en múltiples ocasiones, pero en solo dos de ellas ha tenido que pagar las consecuencias con la cárcel. Los últimos cinco años los ha pasado dentro de la prisión del Centro Varonil de Readaptación Social (Cevareso) de la Ciudad de México. Él ha delinquido aun estando dentro de prisión. Pero hoy se dice readaptado. Se dice consciente del daño social que ha ocasionado.

A lo ojos de cualquiera pareciera que duda ante la pregunta de si volvería a delinquir una vez que alcance la libertad. No se sorprende con la pregunta. Se nota que la ha repasado muchas veces en su cabeza. Esquiva la mirada. Frunce el ceño. Solo él sabe si miente o no cuando asegura que una vez que concluya su sentencia, a la que aún le faltan cuatro años y nueve meses, será “un hombre de trabajo”. Él quiere ser un hombre de bien, solo falta que las condiciones sociales se lo permitan.

Confiesa que fueron la pobreza y la necesidad las que lo orillaron a delinquir. “El Erick” tenía solo 15 años cuando en el 2007 fue procesado por primera vez: la carencia de recursos en su familia lo lanzó a la calle. Armado de navaja, a veces solo con una “punta”, cometió una serie de asaltos a transeúntes de los que ni siquiera recuerda la cantidad. Sonríe. Pareciera que las escenas le pasan por su mente, mientras se le pierde la mirada en el recuerdo. Recapacita. Se nota avergonzado.

Acusado del delito de robo a transeúntes en el 2007 fue recluido en la llamada Comunidad de Tratamiento Especializado para Adolescentes (CTEA), de San Fernando, en la Ciudad de México. Esa fue la primera vez que fue a parar a una cárcel, pero no la primera que cometió un ilícito. De allí salió dos años después, tras cumplir su sentencia, pero solo fue para delinquir. Otra vez la pobreza fue su mala consejera.

“Antes de ir a San Fernando yo ya había cometido otros delitos. Los hice por necesidad”, dice con una carga de orgullo que raya en la tristeza. Desde los 10 años este interno asegura que se dedicaba al robo a transeúntes, y lo hacía con el fin de llevar recursos para la manutención de su casa; su botín principal siempre fueron carteras, celulares y joyería, los que desprendía al paso de sus víctimas. Nunca había afrontado las consecuencias legales, hasta que fue procesado por el robo de un celular.

Tras alcanzar su libertad, luego de haber cumplido una sentencia de dos años por el delito de robo, en marzo del 2009 fue detenido de nueva cuenta en Tláhuac, a bordo de un vehículo robado. En esa ocasión –cuenta– consiguió una pistola de plástico, y con ella asaltó a un taxista. Lo despojó de su auto. No lo hizo solo. Iba acompañado de dos amigos. No lo tenía planeado. “Solo se me ocurrió”, justifica.

Eso le valió que fuera sentenciado por el delito de secuestro exprés y robo agravado. Recibió una sentencia de nueve años y nueve meses, de la que en este marzo ya cumplió más de la mitad. Quiere alcanzar su libertad anticipada con beneficios de ley. Por eso se esfuerza en trabajar dentro de prisión. Se emplea como ayudante de la tienda. Tiene un ingreso semanal de 400 pesos, de los que 150 los destina a un fondo que le entregarán cuando quede libre. Otra parte se la envía a su madre y a su hermana para que lo visiten cada semana.

Quiere dejar atrás su vida delictiva. Con entereza dice que quiere ser el sostén de su madre, de su hermana y de sus dos hijos de nueve y cinco años de edad. Quiere suplir la figura económica de su padre, que falleció cuando él tenía 11 años. Por eso dice que se quiere ayudar con terapias psicológicas.

Después de todo, las terapias psicológicas no le son ajenas. Desde niño “El Erick” comenzó a visitar los consultorios de ayuda emocional. En su escuela lo obligaron a recurrir al psicólogo luego de haberle prendido fuego al pelo de una de sus compañeras de clases. “Allí fue donde me comenzaron a crecer los problemas”, dice, mientras recuerda, con una sonrisa marcada en el rostro, cómo hacía para quitar las lámparas del salón, para no tener clases en la secundaria, la que dejó inconclusa.

Otro ejemplo de reincidencia lo enarbola “El Temo”. Así le gusta que le digan, porque le recuerda a su padre, que se llamaba Artemio y falleció en la Nochebuena del 2005. A sus 27 años de edad ha cometido más de un homicidio y asegura está en la cárcel “por un error que cometí. Por no saber valorar las cosas de la calle, por no saber valorar a mi familia y a mi pareja”.

Aunque ha cometido múltiples homicidios, él se encuentra sentenciado por el delito de robo a transeúntes y portación de arma. Tiene una sentencia de ocho años de los que ya ha cumplido siete y dos meses. El año que viene compurga su pena. Saldrá a la calle, y lo primero que hará, dice, “será distraerme un rato, porque es mucho encierro”.

Antes de estar recluido en el Cevareso ya había estado casi cinco años preso en el Consejo Tutelar de San Fernando. Quiere ponerse a trabajar, “reunirme con mi hija. Lo que ella tiene de edad es lo que llevó encerrado”, ahora sí –dice– va a valorar su libertad, pues la última vez que pisó la calle solo estuvo libre un mes, porque volvió a delinquir.

El inicio delictivo de “El Temo” él mismo lo atribuye a lo duro de su infancia; su padre, por su adicción al alcohol, nunca estuvo cerca de él, y el cariño de su madre solo lo conoció tras las rejas. Ella estuvo recluida durante varios años en Santa Martha, en el Penal de Tepepan, en donde compurgó una sentencia por el delito de daños a la salud, luego de ser detenida vendiendo “Piedra y Perico”. Sin nadie que le “halara las cuerdas” comenzó a delinquir desde la edad de los 12 años.

A la reincidencia de “El Temo” ni siquiera él mismo le encuentra una justificación, pero no es difícil deducirla: la temprana muerte de su padre, ver a su madre en prisión, las carencias materiales en su casa y el contexto delincuencial de su barrio, son posibles factores de su situación actual.

Su primer robo lo cometió con un lápiz. Le sacó punta y se lo puso en el cuello a un estudiante del Centro de Estudios Tecnológicos, Industriales y de Servicios número 57, a quien despojó de un teléfono celular. Ese fue solo el inicio. Después comenzó a asaltar cuentahabientes en la ciudad de Toluca. “Robando cosas que se deben vender, uno se muere de hambre”, justifica. Por eso se fue sobre el dinero en efectivo, que es más rápido de disfrutar.

El delito por el que “El Temo” se encuentra actualmente recluido en prisión lo cometió cuando tenía apenas 20 días de haber salido de prisión. A punta de pistola despojó a un cuentahabiente que había retirado del banco de 80 mil pesos. Después supo que ese dinero lo había retirado su víctima para el pago del funeral de su madre. Eso le remuerde la conciencia.

Antes de esta condena ya había compurgado una pena de un año y dos meses, cuando apenas tenía 15 años. En esa ocasión fue acusado del delito de tentativa de homicidio contra un policía del Estado de México. Salió y a los cuatro meses lo volvieron a detener, esta vez por la comisión de tres homicidios, portación de arma de fuego, robo de auto, delincuencia organizada y robo a vehículos comerciales.

Dice que “todo se torció cuando estaba pegándole al homicidio”. Él “trabajaba” para una persona, de la cual prefiere omitir sus datos. Ni siquiera quiere mencionar su apodo, solo lo refiere como su patrón, pero bajo sus órdenes asesinó a un gobernador comunal de San Mateo Atenco y a su escolta: “Iba bajando del Mini Cooper amarillo. Le metí un balazo en la cabeza y otro a su escolta”. Fue detenido por el ejército y recluido en prisión, pero a su regreso a las calles, volvió a delinquir.

Hoy, asegura que ya dejó atrás todo. Quiere una vida nueva. Ya no lo mueve aquella inquietud “de sobresalir entre los morros del barrio”. Quiere volver a su rutina de persona normal, como cuando era antes de su primer robo. Cuando se levantaba a las 8:30 de la mañana y se iba a la escuela, como cuando le gustaban las matemáticas, como cuando sentía que tenía, aunque disfuncional, una familia.

Quiere ganarse honradamente la vida. Quiere superar este periodo donde sobrevive con 450 pesos a la semana, de los que casi todos se le van en el pago de la corrupción que se vive en la cárcel. Porque “en la cárcel todo cuesta”, dice, mientras camina por uno de los pasillos en busca del sanitario. “Hasta utilizar el baño te cuesta una lana”, dice a manera de colofón, mientras sonríe con la naturalidad de un inocente.

Corrupción, la Otra Condena

En las cárceles de nuestro país, aunque ninguna dirección de los penales así lo reconoce, los custodios llegan aplicar cobros casi por todo: por evitar el pase de lista, por asignar dormitorios, por tener una cama para dormir, por facilitar el acceso a la visita familiar, por permitir una llamada telefónica, hasta por acceder al uniforme penitenciario. Algunos de esos cobros son aplicados por parte de los custodios, pero otros los ejecutan los mismos grupos de autogobierno que mantienen el control de los penales.

Según lo establece la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad (ENPOL) 2016, el 11 por ciento de las personas en prisión reportaron que algún servidor público, empleado o custodio les pidió de forma directa algún beneficio como dinero, bienes, regalos o favores; de los que se dijeron víctimas de la corrupción carcelaria, el 66 por ciento, es decir, 2 de cada 3 internos, reportaron que el soborno fue por el “Pase de Lista”, el 50 por ciento señaló que pagaron “mordida” para tener aparatos eléctricos dentro de prisión.

Esa es la situación de “El Julio”, un interno de una cárcel de la Ciudad de México que a sus 25 años ya lleva preso cinco de ellos y aún le faltan 3 años y 10 meses para compurgar su sentencia. Él tiene que pagar 50 pesos al día cuando no quiere pasar lista, y si quiere utilizar las regaderas tiene que pagar cinco pesos en cada ocasión. El pago lo hace directo a los custodios cuando se trata del pase de lista y se arregla con “La Mamá” –uno de los presos más viejos en el penal– cuando de bañarse se trata.

De acuerdo con la misma Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad 2016 el índice de corrupción que se registra en las cárceles mexicanas se concentra mayormente en la Ciudad de México, en donde los reclusorios preventivos Varonil Sur, Varonil Oriente, Varonil Norte, Penitenciaria del Distrito Federal y Centro Varonil de Reinserción Social manifiestan un índice de corrupción que afecta entre el 10 al 43 por ciento de la población interna en 2016.

De las cárceles en los estados, son el Centro de Prevención y Readaptación Social de Chalco, Nezahualcóyotl, Santiaguito, Tlalnepantla y Ecatepec, en el Estado de México; el Centro de Reinserción Social Estatal de Puebla; el de Atlacholoaya, en Morelos; Centro de Reinserción Social de Tabasco y el de Hermosillo, en Sonora, en donde se registra el mayor índice de corrupción, al considerar que allí el pago de servicios dentro de la cárcel afecta entre el 11 y el 43 por ciento de los internos en el mismo periodo.

El caso que por antonomasia representa el problema de la corrupción carcelaria se encuentra claramente expresado en la historia de privilegios y fugas de prisión del famoso narcotraficante Joaquín Guzmán Loera, “El Chapo”, quien durante su estancia (del 22 de noviembre de 1995 al 19 de enero del 2001) en la cárcel federal de Puente Grande, en Jalisco, pudo mantener bajo su control no solo a la población interna, sino a las propias autoridades del penal.

El poder económico de “El Chapo” y la proclividad del sistema penitenciario a la corrupción, hicieron posibles hitos históricos como el que a la fecha se cuenta dentro de esa prisión, donde se narra en una especie de acto heroico cómo El Chapo introducía en cada cena de navidad camiones cargados de cerveza, vinos y güisqui para acompañar la cena que por lo general consistía en pavo, mariscos, langostas, filetes, cortes, quesos y frutas.

Hoy, ninguno de los internos en las cárceles de la Ciudad de México tiene la capacidad económica de Joaquín Guzmán Loera, pero casi todos, al igual que los de otras prisiones del país, tienen que pagar si no por una opípara comida, sí al menos por el acceso a servicios de seguridad, muchos de ellos para no ser golpeados, incluso dentro de las cárceles federales, como recientemente fue denunciado por el “Comité Enrique Aviña”, cuya vocera refirió una serie de malos tratos a los internos que no pagaban por servicios de seguridad.

A la fecha, de acuerdo con datos testimoniales recabados por el autor entre familias de internos, ubicados en cárceles de los estados de Michoacán, Jalisco, Puebla, Guerrero, Veracruz, Estado de México, Ciudad de México, Sinaloa y Nayarit, el gasto promedio que un interno tiene que realizar para pagar “servicios carcelarios” oscila en entre los 230 y los 450 pesos por semana.

La mayor parte de esos recursos son aportados en forma directa por los propios familiares, quienes buscan facilitar la vida dentro de prisión. “No tenemos otra salida: o pagamos para que ellos estén bien o de plano ellos la pueden pasar mal”, dice Guadalupe, tía de una persona acusada de violación en el estado de Michoacán.

Entre los principales “servicios carcelarios” que en muchas de las prisiones mexicanas se tienen que pagar, se encuentra el suministro de uniformes, protección personal, introducción de alimentos preparados, uso de sanitarios y regaderas, ingreso de equipos de sonido y televisores, incluyendo teléfonos celulares, ingreso de calzado, dotación de cama y uso de los teléfonos comunitarios, ingreso de medicamentos e ingreso de material para actividades manuales productivas.

El costo promedio que se registra por protección personal oscila entre 500 y mil 200 pesos por mes, cuota que se entrega a veces a custodios, a veces a los propios internos que mantienen el control de las cárceles. Por ingreso de alimentos preparados se llega a pagar hasta 50 pesos en cada visita familiar.

Los pagos que hacen los internos o los propios familiares durante el día de la visita oscilan entre los 120 y los 200 pesos por semana, mientras que por el ingreso de equipos de sonido y televisores, incluyendo teléfonos celulares, los montos pueden variar desde 300 pesos por un radiorreceptor hasta 600 pesos por un televisor, y hasta cinco mil pesos por un teléfono celular.

Por ingreso de calzado se paga en promedio 30 pesos, mientras que por la dotación de cama se puede llegar a pagar hasta 2 mil pesos. El uso de los teléfonos comunitarios puede llegar a costar hasta 10 pesos por llamada, mientras que el ingreso de medicamentos se tasa en promedio entre 100 y 150 pesos. Para el ingreso de material para actividades manuales productivas, los familiares de los internos tienen que pagar hasta 400 pesos.

Estos pagos se hacen, en el mejor de los casos, cuando los internos cuentan con el apoyo de sus familiares que los visitan de manera frecuente, o cuando los propios internos mantienen actividades productivas dentro de prisión, las que les permiten solventar dichos gastos.

Porque cuando el interno no cuenta con esos dos factores de ayuda, entonces sí, “la cárcel se vuelve perra”, refiere “El Julio”, quien luego de cinco años en la cárcel por fin ha podido pagar 2 mil 500 pesos para que se le permita “dormir en la piedra”.

“El Julio”, a su ingresó a la cárcel comenzó durmiendo en el pasillo (un espacio en el piso, entre las literas, de no más de medio metro de ancho en donde duermen hasta cinco internos), después pagó 450 pesos para que se le permitiera dormir en “el sarcófago” (debajo de las literas, en donde duermen tres internos), hasta que, por fin, con la ayuda de su familia pudo pagar una “piedra”.

Este interno no tiene una actividad laboral dentro de la cárcel. Reconoce, casi a hurtadillas, que se dedica a actividades ilícitas, principalmente venta de droga, para obtener algunos recursos. A veces le pega a la extorsión. La mayor parte de las utilidades se van en el pago de la corrupción carcelaria, por lo que sus ingresos oscilan apenas entre los 500 y los 700 pesos por semana, de los que la mayor parte la destina al sostenimiento de su esposa y de su hija, las que lo visitan cada semana.

Según los datos de la Encuesta Nacional de Población Privada de la Libertad, en el 2016 el 70.3 por ciento de las personas que estaban en reclusión tenían dependientes económicos. De los que aseguraron tener dependientes económicos, en el 70.4 por ciento de los casos eran sus parejas, el 64.1 por ciento dijo que de ellos dependían sus hijos, el 25.2 por ciento aseguró que de ellos dependían sus hermanos, el 24.1 por ciento señaló que el dependiente era su madre, el 8 por ciento dijo que era su padre y el 13.7 por ciento aseguró que de ellos dependían otras personas.

La misma encuesta revela que 7 de cada 10 personas privadas de su libertad trabajan en los centros donde están albergados, de ellos el 71 por ciento reciben un pago económico por ese trabajo, con lo que pueden ayudar directamente al sostenimiento de sus dependientes, quienes los visitan de manera frecuente.

La Familia, un Oasis en el Desierto

Esta misma encuesta refiere que el 75 por de los reclusos recibieron visitas el año anterior (2015) a la encuesta, pero los jóvenes (18 a 22 años) tienen más visitas, en un promedio de un 82 por ciento. Las principales visitas que estos internos reciben, en el 25 por ciento de los casos, es por parte de sus padres, en el 59 por ciento es por cuenta de sus madres, el 42 por ciento es visitado por sus parejas, y en el 35 por ciento de los casos los visitan sus hijos.

De acuerdo con la misma encuesta, al 45 por ciento de los internos que son visitados por sus familiares, estos les proveen de recursos económicos, donde el 12 por ciento asegura que ese dinero es para el pago de la corrupción que priva dentro de las cárceles, el 29 por ciento dijo que lo utiliza para “El Rancho” (alimentación) y el 66 por ciento para el pago del pase de lista.

A él le dicen “El Gallo”. Tiene 28 años de edad y ya lleva cinco en prisión. Reconoce que a causa de la corrupción dentro de la cárcel hay muchas cosas a las que no puede acceder. No tiene dinero para muchas cosas. Voltea a todos lados esperando que nadie escuche lo que está diciendo. “En la cárcel nadie se puede quejar de las condiciones en que vivimos. No quiero que piensen que soy ‘Chiva’”, dice mientras observa a lo lejos a uno de los custodios que vigilan la actividad de los internos en el patio.

“El Gallo” está preso por el robo de una camioneta a mano armada. Tuvo mala suerte en el último de sus golpes delictivos; la camioneta era propiedad de un comandante de policía de Iztapalapa. Se ríe cuando recuerda los hechos. Pero más se ríe de las circunstancias en que fue detenido: tras la persecución y balacera que se desencadenó por calles de la Ciudad de México, su propia madre lo entregó a la policía cuando intentaba esconderse en su casa.

“Ni tu madre te pudo hacer un paro, ni tu casa”, se mofaron los policías que lo detuvieron. “Ahora vas con todo”, le advirtieron. Y así ha sido en los últimos años. Dentro de la prisión no tiene ingresos económicos. Con el poco dinero que le llevan en cada visita su padre, su hermano, su madre y su tío, es con lo que puede sobrevivir para llevar a cabo su “cana” en la forma más decorosa que puede.

Dice -igual que la mayoría- que se encuentra arrepentido. El arrepentimiento no solo es producto de los programas de reinserción del penal en el que se encuentra, sino de su propio convencimiento de transformación personal, con el que ahora le da un nuevo valor a las cosas. “En la cárcel he aprendió a valorar un plato de comida”.

Reconoce que antes “era un payaso: no comía verduras, ni fruta, ni agua. El platillo que más odio es la pancita”. Pero aquí se ha comido la pancita de tres días, fría, que –asegura– con hambre le supo a gloria.

Aquí también ha sabido valorar su propia vida, pues antes de ser recluido, en una ocasión ya lo iban a matar. Le dieron cuatro balazos. Ahora, asegura, quiere estar lejos de todo eso. Por eso se refugia en la música. En la música ha encontrado a su mejor aliada, “Amor Confuso” de Gerardo Ortiz es su canción favorita. Todo el tiempo la canta. Es su mantra personal. Dice que si en este momento le llega la muerte quiere que lo recuerden alegre, feliz, nada de lágrimas. Nada de negro.

“El Gallo” descarta la posibilidad de volver a delinquir. Casi jura que atrás ha quedado la etapa en que “quería ser el número uno del barrio”, que le tuvieran respeto, cuando quería “tener a todos atrás de uno, y que siempre estuvieran dando la vida por uno”. Ya no quiere ser el importante del barrio, ni dedicarse a robar, mucho menos ser parte del grupo criminal que lo mandaba “a levantar gente, a entregar droga, hasta a robar casas habitación”.

Hoy su sueño es volver a estar cerca de su hija de siete años, a la que tiene la oportunidad de ver en ocasiones durante la visita familiar. Quiere hacerse cargo completamente de su niña. Quiere buscar un trabajo y darle lo suficiente para que viva dignamente, “así tenga que vender cigarros de a peso”, porque dice que no hay nada que valga más que la libertad.

Asegura que ya la cárcel le enseñó lo bueno y lo malo, y que está decidido, finalmente por lo bueno, pues admite que no nació para este suplicio, que reconoce, no solo le cuesta a él en su persona, sino a la sociedad que es la que paga por su reclusión.

A mayor cantidad de infractores, mayor es la cantidad de recursos del erario que se tienen que erogar en salarios de custodios, alimentos, medicinas, indumentaria, uniformes, energía eléctrica, combustibles, mantenimiento de inmuebles, labores educativas, artísticas, deportivas y culturales, para atender a la población carcelaria.

Así lo revela el estudio del CEPOL, de Salvador Moreno, emitido en abril del 2017, el que establece que solo en el 2014 los centros penitenciarios federales tuvieron un gasto promedio de 4 millones 600 mil pesos por día, mientras que el global de los centros penitenciarios estatales fue 32 millones 400 mil pesos.

De ese tamaño es la dimensión del problema. Un problema que se agrava con los vicios que intrínsecamente conlleva el sistema penitenciario mexicano, donde la privación de la libertad no es lo peor, sino que a ello se agrega el autogobierno, la corrupción, el hacinamiento, la falta de servicios educativos, médicos y de esparcimiento, sumado a la posibilidad -facilitada por las condiciones de precariedad- para volver a delinquir, aun dentro de la cárcel.

Es un problema que, aunque poco se observa, late, palpita y reclama una solución urgente. La sociedad no puede hacer que no ve las condiciones que nosotros mismos les estamos imponiendo a nuestros muchachos con el desapego, el desamor, la indolencia.

Después de todo, estos muchachos son nuestros, son el futuro, son nuestro futuro que nadie quiere ver cómo se asoma, cómo atisba la mirada tras las metálicas rejas que se clavan en el alma de ellos y en nuestras conciencias.