Nubes de lluvia rosa, rabia y destrucción

Nubes de lluvia rosa, rabia y destrucción

20 agosto, 2019 0 Por Patricia Monterrey

 

Menciona el miedo,

que la palabra envenene tu lengua

y te arranque los párpados.

El cuarto del miedo, I. María Cruz

 

Ahora nuestras nubes son de lluvia rosa. Tenemos el camino apocalíptico tatuado en el rostro. Y así, con gracia (femenina, feminista y guerrillera), estamos resignificando el podrido mundo.

De hecho vamos empezando con la cosecha de lo que alimentamos durante milenios con llantos, silencios, desencantos y ausencias.

¿Quién hubiera podido imaginar que gotas tan ácidas y densas darían vida a una revolución tan brillante?

De esto algunas tomamos conciencia cuando sentimos por primera vez el calor lacerante de las manos masculinas. Una conciencia infantil que se discutía para identificar la culpa del terror.

Otras plastificaron las costumbres en el obituario de las violencias machistas, hasta que la muerte, el dolor vaginal y el diagnóstico desahuciante de una enfermedad, les asentó un manotazo en la conciencia.

Pero no tardamos tanto. Nos arrancaron la inocencia con demasiada premura. Cuando empezaron a notarnos ya estamos brutalmente despiertas. Rayando muros, explotando diamantina, cantando con túnicas y sombreros puntiagudos, levantando teorías, letras, denuncias, consignas y gritos.

Provocando.

Provocando, como criatura sin paredes. Como ave sin jaula. Desde el instinto. Para retumbar la obra magna del poder.

“Para que violarnos les de miedo”.

Pero no se preocupen tanto, sólo queremos salvarnos. Ser esos seres intocables que cerca de la superficie, en vigilia, surcan el camino infértil y palpan la pulpa tersa de sus frutos.

Hace tiempo que levantamos el puño de nuestra adolorida humanidad, entre la sed oscilante, para romper con las manos, las piernas, los gritos, las lágrimas… el cuerpo entero, toda representación de encierro.

La lucha es nuestra genuina naturaleza. La lucha es nuestra.

Como es la violencia, el estigma, la miseria y los “castigos” para el capitalismo –ese embuche que intenta determinar lo que somos: proletariado, esclavxs, excluidxs, miserables, mujeres, indígenas.

Pero su final es desgraciado ante la cordura del desborde poético en el desencanto, los manifiestos de rebeldía, la azoteas contenidas en lo “mundanamente atroz del mundo” y el ánimo elocuente de la razón luminosa.

Con tanta patada, petardo y delirante desmayo, logramos astillar una cara del molde cuasi perfecto del mundo de los privilegiados. Y vamos a seguir, porque esta destrucción es necesaria.

Nos han provocado. Su excesivo oportunismo lubricó la revolución feminista con rabia e indignación:

Jefe de policía abusa sexualmente de mujer policía. Excélsior, Ciudad de México, 13/08/2019

Drogan y dejan semidesnuda a menor de edad en Prepa 3. Excélsior, Ciudad de México, 13/08/2019

Detienen a policía bancario por abuso contra menor en CDMX; es el tercer caso del año. Animal Político, Ciudad de México, 9/08/2019

Cuatro policías violan y someten a una joven en Azcapotzalco. Televisa News, Ciudad de México, 6/08/2019

Surgimos. “De toda esta mierda”, diría mi madre. Para romper desde nuestra rotura. Para tomar los espacios “públicos” que nunca nos pertenecieron. Para enjutar las desgracias omnipresentes en el mundo material y arrancar de lo necesario el arte sensible de la plenitud humana.

¿Qué son: objeto o lugar?

Las hijas de la lucha

Tenían el cuerpo adormecido, pero seguían pateando. Ya no podían detenerse. El impacto les ondulaba la carne y con cada roce la rabia se les desprendía agitada más allá del vidrio.

Les aparecían en el recuerdo los rostros rígidos de las asesinadas. La sangre coagulada en el asfalto, los diarios de falsas realidades, las gargantas mentirosas de los comentaristas, la perversidad de las autoridades.

Nancy. Lupita. Lesvy. Gabriela. Ana. Paola. Cecilia. Mercedes. Helena. Adriana. Rosario. Diana. Laura. Mara. Miriam. Janeth. Pamela. Verónica. Leydi. Melissa. Natali. Julia. Luz. Katherine. Saraí. Judith. Yessenia. Cinthia. Mariana. Íngrid. Angélica. Cuerpo sin identificar. Identidad reservada. Lorena. Alejandra. Eugenia. Sandra. Jazmín. Nallely. Fanny. Mirna. Diez mujeres al día.

Les dolían. Cada nombre les retumbaba en el alma hasta que rompía en llanto. Gritaban. Destruían las fronteras de la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México. Querían pulverizar la materialidad monstruosa del poder.

Ya no podían detenerse. Se estrellaban embarrando indignación y pánico contra aquellas puertas –estúpidas e insignificantes- que resguardaban como guardias pretorianos el tesoro de la corrupción.

¡Ni una asesinada más! ¡No estás sola!

¡Lo hice yo, lo hicimos todas!

Y luego el pensamiento…brumoso, escamado, vergonzoso: Quizás ellas están en un lugar mejor. Apacible, amplísimo, donde la libertad es la sonrisa y la justicia cultura. Quizá están mejor que nosotras, porque ya no lloran y el cuerpo dejó de dolerles.

Pero ¿habrán sufrido mucho antes de morir?

¿Dolerá mucho?

Tronaron los vidrios. Lograron, con la agonía mamada de las tetas innumerables del terror, entrar en el palacio de los cínicos. Bestiales a lo lejos les esperaban hileras de policías armados.

Las estaban esperando. Deseaban que el agotamiento se adueñara de ellas, para que con su derrota pudieran deleitarse en la sombra aviesa con el sabor del metal dulce que sólo posee la sangre recién derramada.

Unos vestían con camisas casi planchadas, sacos desgastados y placas grises colgadas en el cuello, que se columpiaban con la adrenalina. Eran “elementos” de investigación.

El resto, menos pasiaverdes, daban impresión de piedras oscuras, sigilosas entre el concreto, conscientes de su fuerza ante la fragilidad mortal de las “rebeldes”. Las maleficae incorregibles.

Pero algunas se detuvieron. La posibilidad de un asesinato acallado, una violación, el disparo de una “bala perdida” con el casquete anónimo del ejército, o la simple –pero no sencilla- apertura de una carpeta de investigación con su nombre, fotografías y biografía, las frenó. Tenían los pies derretidos en las escaleras de la entrada. Estaban paralizadas.

Con los vidrios rotos podían tomar la recepción y someter a los verdugos. Pero la experiencia de lxs antepasadxs revolucionrixs y los lazos necios de la historia oculta que repite mecanismos, torturas y modelos de opresión, eran tan gruesos que hicieron de la entrada un lugar casi impenetrable.

Sólo se adentraron, autonómicas, una pizca de guerreras valientes – o de miedo pausado.

Estaban compuestas con desasosiego y tenían el valor puesto en la resignación -esa que existe cuando la respiración y el sudor frío avanzan por las sienes dilatadas ante la posibilidad de la muerte.

Puño de mujeres jóvenes que con aerosol en mano y paliacate en rostros hicieron delgraffiti de Corbread (1965) una expresión de lucha: que los ladrillos cesen en el encubrimiento de lo abominable. Que se derrumben los muros del alterego capitalista. Que griten todos los lenguajes para ensordecer a las marionetas ciegas del poder.

“#NoMeCuidanMeViolan”, el aerosol se cuela hasta los cimientos de la PGJ.

“Pinches puercos”, el blanco disonante de los muros se pinta con ámbar e ilumina la vía pública.

“Les vamos a cortar el pene, violadores de mierda”, las letras heréticas buscan espacio en el silencio.

Todo fue en el tiempo de un suspiro. Pero la agitación duró lo suficiente para que los juiciosos levantaran un campo de lápidas con el nombre y epitafio de las feministas “radicales”.

El “castigo” vino de los medios de comunicación, con sus ríos de información falsa. A modo. Luego se pasó a manos de las “autoridades”, representadas por una procuradora –Ernestina Godoy- que metió la lucha de sus congéneres en el archivo de investigaciones urgentes. No importa, dejen a un lado el resto, urge poner orden.

Godoy olvidó, con funesto estruendo, lo verdaderamente importante: Las menores violadas.  Las víctimas de feminicidio. Las acosadas. Las amenazadas. Las de la vida acortada.

Así también Sheinbaum, una mujer que hoy ostenta la jefatura en la capital gracias a su discurso de Derechos Humanos, género e inclusión.

Ambas se negaron al diálogo “cara a cara” con las manifestantes, con el argumento de que todo lo hecho aquel día era una clara provocación para que el “nuevo” – o más bien pastiche- gobierno actuara con violencia.

De hecho, con discursos frívolos y distantes insistieron que aquí el valor de la mujer es inferior al de la propiedad privada. Que un vidrio tiene poder sobre el cuerpo femenino. Que las puertas no se rompen, pero las investigaciones necesariamente se corrompen.

La “sociedad de las ranas”

Volveré a acosar y a perseguir a vuestra sociedad de ranas con toques de trompeta, latigazos y lebreles…iba a decir como Pentesilea, pero, ¡por Dios!, vosotros no sois Aquiles.

Rosa Luxemburgo, 1916

No satisfechos con el régimen de “capitalismo voraz” a que estaban sometidos, invadieron “el cuarto privado” del sigilo, el miedo, lo agrietado; el cuarto del deshecho, lo innombrable y la muerte, para devorar con ansiedad cada cartílago, huesos y cuerpo parlanchín que se diera a bien existir en esta época.

Redujeron nuestra existencia al esfuerzo individual del “todo se puede”. Nos encerraron en un teatro con muros de miedo fundido, sin ventanas y espejos amenazantes, que ofrece ceremonias para destrozarnos con el viejo método de la tortura china y la gota de agua traducida en perseverancia, triunfo, atomización y sudor aperlado.

Y luego intentaron resumirlo en, como escribió José Steinsleger, falacias que remiten a la igualdad de posibilidades, “presente en la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano (1789): ‘siendo todos los ciudadanos iguales ante [la ley], todos son igualmente elegibles […] conforme a sus distintas capacidades, sin ninguna otra distinción que la creada por sus virtudes y conocimientos’ (artículo 6)”.

También con áspera voluntad decidieron callar y silenciar en sintonía los feminicidios, las desapariciones, el acoso sexual y la violación cometida por hombres uniformados, desnudos, poderosos o marginados que desde hace siglos han asumido la corporalidad “femenina” como un objeto más de la anhelada propiedad privada.

Actos inmorales según Sheinbaum, Godoy, Obrador, el catolicismo, la sociedad heteropatriarcal, lo intelectuales orgánicos, la mayoría de los periodistas…:

Feminismo

Manifestaciones (proletarias o “fifís” –¿qué más da? ambas están en contra de la verdad)

Diamantina rosa (contra el caudillo Jesús Orta)

La ruptura de vidrios en la PGJ

Exigencia de justicia

Rabia

Llanto

Esperanza

Feminismo de nuevo. El radical, dicen.

No caer en la falsedad del Estado

Más de 17 feminicidios en la CdMx en 2019

 (de acuerdo con el mapa realizado por María Salguero)

 

Actos –presuntos actos- que se deben indagar antes de ejercer un “juicio”, según Sheinbaum, Godoy, Obrador, el catolicismo, los intelectuales orgánicos, la sociedad heteropatriarcal, los periodistas…:

Denuncias por violación sexual

El acoso sexual

La culpa de cuatro elementos en un acto de violación contra una menor de edad

La palabra de una mujer

La palabra de una mujer joven

La marginación lacerante del proletariado

La corrupción

Los pliegos petitorios emitidos por mujeres

Mujeres violadas

Madres de desaparecidas

Familiares de feminizadas

Denunciantes de acoso

Exigiendo justicia

Feminicidas

La autodeterminación indígena

En resumen: cualquier cosa que dé cuenta de la crisis moral en la que vivimos.

Al parecer prefieren olvidarnos. Separarnos de lo que hemos construido y apropiarse paulatinamente de lo nuestro y lxs nuestrxs.

Somos tumores de rebosantes semillas para sus cacotopías asfixiantes. Nuestra ética ha mutado en “la huelga nuestra”, que tiene genio del pueblo, porque tarde o temprano todxs nos vemos expulsados a las calles para caminar con aerosol, cartulinas, pancartas, dolor, insolación, desesperación, agonía y deseo de justicia.

Nos desfiguran el rostro para guardar nuestra saliva. Nos revientan los párpados para mantenernos lejos de lo prohibido. Pero de aquello brotan frentes humanistas, humanos, que hacen praxis con huelgas económicas, políticas, anticapitalista y antipatriarcal.

Les vamos derrumbando el amorfismo dorado de su sistema opresivo, con huelgas negras, morenas, blancas, amarillas y rojas.

Limpiaremos nuestro penúltimo aliento, aunque el puño erija columnas de polvo. Diseñaremos caminos de estrellas, bailaremos bajo la lluvia rosa y haremos de los cementerios jardines de rosas.

Diamantina

Pulverizado

cielo de sol y cobardía

Bebe mi puño.

Juan Omar Fierro

Al final terminamos por ser aquello que se queda. Y nuestras hermanas –las de los vidrios, graffittis, gritos, llantos, dolores, luchas y fortaleza- viven ahí, en la ausencia de nuestro miedo.