Revive el Cartel de los Caballeros Templarios; otra vez los ritos de iniciación al más puro estilo de “El Chayo”

Revive el Cartel de los Caballeros Templarios; otra vez los ritos de iniciación al más puro estilo de “El Chayo”

2 agosto, 2019 0 Por J. Jesús Lemus

El cartel de Los Caballeros Templarios, que para el gobierno de Enrique Peña Nieto quedó oficialmente desarticulado durante esa administración, ha vuelto a resurgir. Al menos así lo revela un informe del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) que encabeza el general Audomaro Martínez Zapata, donde se reconoce que el referido cartel “potencialmente de alto riesgo para la estabilidad nacional, ha comenzado a expandirse por todo el territorio mexicano”.

En el documento, al que tuvo acceso Zezontle400, no solo se habla del crecimiento de esa organización criminal que tuvo su origen en Michoacán, como resultado de una escisión del cartel de La Familia Michoacana; se señala la sociedad que en algunos estados del centro y occidente de México se ha dado ya entre miembros de ese cartel y algunas facciones del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG).

Destaca en el documento, que fue elaborado la semana pasada por agentes de campo desplegados en Michoacán, que la estructura del cartel, que hoy estaría bajo el mando de conjunto de Homero Gonzalez Rodríguez “El Gallito” y Jose Antonio Gózales, “El Pepe”, un primo hermano de Abigael Gonzalez Valencia, “El Cuini”, ha comenzado un intenso reclutamiento entre los grupos de autodefensas que aun operan en Michoacán, a fin de fortalecerse.

El reclutamiento que ha arreciado la estructura la directiva del cartel de los Templarios, no solo se finca en una simple contratación de sicarios y colaboradores del narcotráfico. Según el informe del CNI, “la incorporación de nuevos miembros de este cartel va de la mano con un aleccionamiento ideológico”, en una mezcla de ritos masónicos y religiosos, “que buscan la creación de una hermandad”, tal como lo hizo en su momento el fundador del cartel Nazario Moreno Gonzalez, “El Chayo”.

Emulan la Estrategia de “El Chayo”

Hay que recordar que el control que como máximo líder del crimen organizado mantuvo Nazario Moreno en la década de 1990 a 2000 sobre la producción minera, el narcotráfico y las estructuras de gobierno locales en todo el estado de Michoacán, no hubiera sido posible sin contar con una red de células fieles, obedientes, casi devotas de su persona, tal como ahora se pretende de nueva cuenta.

El efecto causado por su libro entre sus huestes fue efectivo: la hermandad de los iniciados dentro del cártel-logia afianzó su identidad. Allí se reflejó el aleccionamiento ideológico como resultado de los ritos de iniciación que se instituyeron en forma oficial dentro de todos los grupos que controlaban las plazas de Michoacán entero.

Nadie, desde adentro de las células, era capaz de traicionar el principio de lealtad que había jurado. Los ritos de iniciación, que sólo se daban en la Fortaleza de Anunnaki y siempre con la presencia de Nazario Moreno para encabezarlos en calidad de Gran Maestro, pronto dejaron de ser exclusivos. Los jefes de plaza al servicio del Chayo fueron ordenados en ceremonias especiales, donde se les otorgaba el rango masónico de Gran Caballero para poder encabezar ellos mismos las ceremonias de iniciación en sus propias localidades.

Otra vez la Escuela de “El Chayo”

Hoy, el CNI ya ha detectado la celebración de varias ceremonias de iniciación de nuevos miembros que se incorporan al cartel de Los Caballeros Templaros, en donde –igual que antes- se hacen lecturas del libro “Me dicen: el Más Loco”; en algunos casos, se deja a la experiencia espiritual del jefe de plaza, el Gran Caballero que ordena, la posibilidad de leer cualquier otro texto que considera conveniente, si se ajustaba a la enseñanza que hacía Nazario en su propia obra. En la mayoría de las iniciaciones se utiliza como texto complementario algún pasaje de la Biblia, a veces la católica, a veces la versión protestante.

En las iniciaciones de los Caballeros Templarios, los pasajes más leídos del libro son los que tienen que ver con la infancia de Nazario Moreno. Se hace hincapié en las condiciones adversas que tuvo que afrontar aquel chiquillo sin escuela y en extrema pobreza que llego a ser “el hombre más poderoso de Michoacán”. Se hace apología de su valentía: hablando que le gustaba jugar a los balazos y casi siempre ganaba porque se levantaba luego de estar muerto.

Algunos ex miembros del cártel aseguran que la enseñanza de ese pasaje –que se ha vuelto a revivir- les salvó la vida; muchos de ellos, como Nazario, entendieron las ventajas de verse muertos sin estarlo. Algunos jefes de plaza entendieron esas palabras como un episodio visionario, asegurando que en ese relato Nazario Moreno predijo de alguna forma su falsa muerte, anunciada primeramente por el gobierno federal en voz de Alejandro Poiré, secretario técnico y vocero del Consejo de Seguridad Nacional, el 10 de diciembre de 2010.

Hoy, como antes, el discurso del Gran Caballero en turno siempre recuerda a los iniciados la sagacidad de Nazario, que en su inocente juego de policías y ladrones siempre se simulaba abatido en la refriega, tenía la paciencia para fingirse muerto y luego remontaba hacia su escondite. Nazario Moreno hoy es visto por los iniciados como un padre.

Los jefes de plaza lo saben, por eso es común que las células se reúnan en alguna ocasión en la semana y repasen el texto de “Me Dicen: el Más Loco”, en el capítulo tres, donde se lee: “Mi madre, en su afán de hacer de nosotros, sus hijos, gente de bien, no atinó más que a corregirnos a base de férrea disciplina, haciéndonos desdichados en nuestra niñez, pues fue tanta su severidad que le temíamos, al grado que le pusimos por sobrenombre la Pegalona. Sufrimos su energía todos los hijos por igual, hombres y mujeres”.

Esa enseñanza tiene que ver con la obediencia: se tiene que aceptar la férrea disciplina que se da en las células, donde son con frecuencia los castigos corporales una forma de disciplina a quien contraviene las órdenes de la directiva. Esa es la herencia que legó “El Chayo”, quien así se ganó entre los iniciados el mote de “El Pegalón”, pues muchos conocieron la disciplina de las tablas en las nalgas.

De Cómo Nacieron los Templaros

Tras la detención en 2004 de Carlos Rosales Mendoza, “El Carlitos” o “El Tísico”, quien era reconocido como jefe de todas las familias que en Michoacán se dedicaban al trasiego de drogas, los aliados de Nazario Moreno Gonzalez vieron la posibilidad de que otros cárteles del país llegaran a tratar de ganar el estado. Para hacer frente a ese escenario, los michoacanos optaron por formar su propio cartel, el de los Caballeros Templarios.

Se hicieron encuentros al más alto nivel de las estructuras criminales en la entidad: las reuniones para unificar a todas las células del narcotráfico, que aunque trabajaban en armonía no se repartían proporcionalmente las utilidades, duraron varios meses. Las primeras se realizaron en Uruapan y después la sede fue llevada hasta Apatzingán, donde era imposible la presencia de las fuerzas federales.

Fue en marzo de 2005 que se llegó a un acuerdo de unificación. Se redistribuyó la geografía michoacana: “El Chayo” se quedó con el control de Morelia, la capital del estado, y todos los municipios de la zona centro; Jesús Méndez Vargas, “El Chango”, se hizo cargo de Apatzingán y los municipios de la zona de Tierra Caliente; Nicandro Barrera Medrano, “El Nica”, fue asignado al control de Uruapan y los municipios de la meseta purépecha; Alfredo Méndez Villafaña, “El Inge”, recibió a su cargo el municipio de Turicato y todos los demás de ese corredor hasta Pátzcuaro.

A Servando Gómez, “La Tuta” o “El Profe”, se le dejó como encargado de los municipios de Arteaga y Lázaro Cárdenas, en la zona costera de la entidad. A Dionisio Loya, “El Tío”, se le asignó la función de publirrelacionista: fue el encargado de corromper a las autoridades estatales, funcionarios públicos y mandos policiales que se requerían para la operación del cartel. Era el primer contacto con los medios de comunicación del estado, el que hacía llegar los pagos semanales a cada uno de los reporteros requeridos para el servicio de Los Caballeros Templarios.

Enrique Plancarte Solís, “El Kike”, y Arnoldo Rueda Medina, “El Minsa”, fueron asignados a la tarea de vigilar y controlar las rutas de trasiego de drogas hacia el exterior de Michoacán, además de coordinar la función de células que se encargaban de las relaciones con funcionarios públicos de otros estados donde aspiraba a mantener presencia el cartel de Los Templarios, principalmente en Guanajuato, donde pactaron con el gobernador panista Juan Manuel Oliva Ramírez.

Otro miembro importante en la integración de Los Caballeros Templarios fue Saúl Solís, “El Lince”, al que se le encomendó la presencia del naciente cartel en el Estado de México y en el Distrito Federal. Se le asignó esa tarea dadas sus relaciones políticas: en 2009 había sido candidato del PVEM a la diputación federal por el distrito electoral XII, con cabecera en el municipio de Apatzingán, el mismo distrito electoral por el que anteriormente resultó electo diputado federal Lázaro Cárdenas Batel. Sin embargo, Saúl Solís perdió la elección ante el candidato del PRD, José María Valencia Barajas.

Aunque agrupados en un mismo cartel, el reacomodo en 2005 de los grupos del narcotráfico le costó a Michoacán poco más de 650 ejecuciones. El índice de violencia se disparó debido a que muchos de los jefes de plaza, que trabajaban en forma independiente, se negaron a trabajar con el cartel de Los Templarios, que de la noche a la mañana comenzó a llegar a cada una de las localidades a lo largo y ancho del estado.

La Corrupción como Estrategia

Las negociaciones para frenar el baño de sangre en que se estaban sumergiendo las células de los carteles de La Familia y Los Templarios eran lentas; la comunicación entre los mandos y los jefes de plaza no alcanzaba a fluir en forma correcta. En los municipios no tenían eco los tratos para hermanar a las células que se habían formado al amparo de jefes distintos.

Pocos eran los grupos que reconocían el nacimiento de Los Templarios como una escisión de la Familia Michoacana: para muchos sólo era un mito la posibilidad de un nuevo cartel. La cúpula optó por la forma más simple de difusión: diseñaron un desplegado para publicarlo en La Voz de Michoacán, uno de los medios informativos con más tradición en la entidad. Tras la publicación, todos los jefes de plaza del narcotráfico se alinearon con Nazario Moreno, y recibieron la instrucción de presentarse oficialmente ante los ayuntamientos de cada localidad.

La instrucción también comprendía presentaciones ante las comandancias de la Policía Ministerial, agencias del Ministerio Público, comandancias de policía municipal y delegaciones de tránsito. La intención de esas introducciones era establecer un vínculo de trabajo entre las autoridades locales y las células de Los Templarios, las que se consideraban auxiliares del gobierno.

Los jefes de plaza fueron recibidos por los alcaldes o en su defecto por los secretarios de los ayuntamientos. Informaron sobre sus acciones para limpiar la zona de delincuentes: anunciaron una campaña para disminuir los robos, secuestros y extorsiones. En esas primeras presentaciones fueron vertidas también las primeras instrucciones oficiales de Los Caballeros Templarios a los gobiernos locales: informar al jefe de plaza sobre la ubicación de centros de distribución de drogas en sus demarcaciones.

Después, en la cotidianidad del contacto con los alcaldes y funcionarios municipales, demandaron el control de las policías a su cargo: decidirían quién estaría al frente de ellas en cada localidad. La dinámica era simple: el alcalde presentaba al jefe de plaza de Los Caballeros Templarios una terna de aspirantes para ocupar la Dirección de Seguridad Pública; éste, tras dialogar con algunos de los candidatos, elegía a quien quedaría al frente de la corporación.

Los directores de policía rendían cuentas tanto al alcalde como al jefe de la célula criminal en el municipio, al que también dotaban de armas y municiones. El cartel de Los Caballeros Templarios puso especial atención en los municipios colindantes con otros estados, principalmente Jalisco, Guanajuato y Guerrero, donde la principal función de los directores de policía era mantener informados a los jefes de plaza sobre la presencia de grupos armados antagónicos.

El Espíritu de Nazario

De acurdo al documento interno del CNI, hoy en Michoacán han vuelto a resurgir las ceremonias de iniciación que buscan nuevos cuadros para el cartel de los Caballeros Templarios. Se vuelve a la escuela que instituyó Nazario Morenos Gonzalez, “El Chayo”: la férrea disciplina de que fue objeto durante su infancia, se vuelve a implantar como formación en el resurgimiento de este cartel.

Esta disciplina –llegó a decir Nazario Moreno cada vez que aplicaba un castigo- es la única forma de hacer que las personas “no se distraigan de su camino y cumplan con su cometido”, dijo un ex miembro del cartel de Los Caballeros Templarios que habló para Zenzontle400, sobre el reinicio del adoctrinamiento moral e ideológico dentro del cartel.

Recordó que a los hombres bajo su mando, cuando incurrían en alguna falta menor, Nazario Moreno les daba de cintarazos o los laceraba con una tabla plana en la espalda y nalgas; si recurrían los dejaba hincados o los sepultaba de pie, sólo con la cabeza visible, hasta por veinticuatro horas, y tras una tercera infracción ordenaba su fusilamiento.

Sus castigos para con los integrantes de su grupo criminal eran una repetición constante de los que “El Chayo” recibió de su madre cuando niño, lo que lo marcó de por vida y que él mismo relató en el libro “Me dicen: el Más Loco”. Su mamá lo obligó una vez a ponerse de rodillas, durante todo un día, con los brazos en cruz porque se había robado una gallina; fue un escarmiento que él mismo consideró en el texto como “un ultraje a mi orgullo y una humillación enorme y exagerada que todavía, cuando la recuerdo, siento que me hierve la sangre”.

Por eso aplicaba esa sanción a sus seguidores; por eso el robo era tan castigado. Era un delito que equivalía en su fuero interno a una violación o al asesinato de una persona inocente. Antes de decretar un castigo, Nazario, en su concepto de justicia, daba oportunidad al acusado de que se defendiera ante él. También acostumbraba tener a la parte acusadora en la misma sala: “El Chayo” se sentaba frente a ambos y escuchaba acusación y defensa.

Antes de emitir su juicio final leía algunos pasajes de la Biblia que consideraba adecuados a la situación. Si el acusado era absuelto, le ordenaba retirarse y hacer una breve oración a su modo; si era condenado, mandaba que se le aplicara el castigo corporal. La presencia de Nazario Moreno entre los michoacanos se manifestó con más fuerza cuando el gobierno federal lo consideró muerto.

En las comunidades rurales más apartadas en las zonas de Tierra Caliente, la costa y la sierra nahua creció en forma considerable esa extraña mezcla de fe e incondicionalidad al jefe de los Templarios. Era una preocupación para el movimiento de las autodefensas, por eso se insistió en demostrar al incrédulo gobierno federal que Nazario no sólo estaba vivo, sino que se mantenía dirigiendo los ataques de las células criminales que azotaban el sur del estado.

Justicia, con la Pena de Muerte

Las penas de muerte ordenadas en los juicios internos y sumarios de la organización criminal de Nazario Moreno eran ejecutadas por los nuevos miembros que se sumaban al grupo; por un lado constituían actos de aplicación de justicia y por otro eran ritos de iniciación como pruebas de obediencia. El sentenciado era colocado contra la pared, en una especie de paredón; el iniciado lo ejecutaba a balazos a quemarropa.

Junto con la prueba de obediencia se aplicaba una de valentía, que consistía en mirar fijamente el rostro de la víctima, sin cerrar los ojos al momento de las detonaciones. A las de valor y obediencia se sumaba también la prueba de paciencia. Todos los que ingresaban a la célula de Nazario Moreno eran llevados a un campamento ubicado en las montañas de Apatzingán.

A los iniciados se le obligaba a estar en oración y meditación durante 24 horas, tiempo en el que no recibía alimentación, solamente podía beber agua. Luego, ante el propio Nazario Moreno hacía un juramento en el que renunciaba al consumo de drogas y alcohol; la renuncia al sexo y al placer del buen comer era opcional.

El iniciado hacía también un juramento de lealtad a Nazario Moreno, además de ofrecer acercarse a Dios y servir a sus prójimos y a las personas más necesitadas de la comunidad. Especial mención merece el juramento de lealtad y defensa del suelo michoacano. Después del juramento que se hacía frente a Nazario Moreno y en presencia de todos los ya iniciados, el nuevo miembro era enterrado de pie: sólo salía de la tierra su cabeza.

Por lo general, las ceremonias de iniciación eran de noche; los enterrados permanecían así por espacio de 24 horas, “muriendo para renacer a una nueva vida”. Al término del plazo eran sacados del foso y dotados de ropa y armas, asumidos como miembros de la Hermandad de los Caballeros Templarios.

Aun cuando al principio los ritos de iniciación se daban en campamentos establecidos en las montañas, Nazario Moreno mandó construir una finca donde se hicieran las ceremonias: entre los límites de Apatzingán y Tumbiscatío, a la orilla de las veintitrés casas que tiene la población de Guanajuatillo, donde nació, allí ordenó el levantamiento de su fortaleza.

El rancho, con rodeo, palenque y amplias y lujosas habitaciones, tenía un área destinada al rito iniciático. El nombre de la casona en sí ya denotaba el sentido místico del lugar: la Fortaleza de Anunnaki. En Michoacán la iniciación en las logias masónicas es una tradición arraigada en todos los actores de la vida pública: 75 por ciento de los funcionarios del gobierno estatal aseguran ser iniciados y miembros activos de alguna logia.

La Iniciación, una Tradición Liberal en Michoacán

Existe la firme convicción en el sector público estatal de que sólo mediante el rito de iniciación se puede lograr ascensos y escalar posiciones en la clase política; Rafael Cedeño, “El Cede”, al igual que cientos de comandantes de la entonces Policía Judicial estatal y agentes del Ministerio Público, se identificaba como masón.

Por recomendación de Cedeño, Nazario comenzó a leer algunos textos básicos de iniciación. El que más le impactó fue la historia de los Anunnaki, con los que desarrolló una empatía personal. Pese a que siempre se sintió atraído por la personalidad fantástica de Kalimán, del que sabía por las radionovelas que desde muy niño escuchaba en su natal Guanajuatillo, fue la figura de los Anunnaki la que más lo apasionó, al grado de incorporarlos al nombre del rancho construido para su esparcimiento.

Los lujos de la finca —decomisada por el gobierno federal el 15 de marzo de 2014—, que se extiende sobre un terreno de más de cinco hectáreas, contrastaban con la pobreza extrema en que viven los poco más de 300 habitantes de los poblados vecinos de Guanajuatillo y El Alcalde; además del palenque y el rodeo, contaba con área de casino, un salón de fiestas con cupo para más de mil personas, cinco habitaciones de lujo y una lujosa cabaña anexa.

Las iniciaciones en la Fortaleza de Anunnaki eran solamente los jueves, no porque lo marcara así el rito esotérico, sino porque la finca siempre debía estar disponible los fines de semana por si se hacía alguna fiesta. Para los vecinos de Guanajuatillo y El Alcalde no era extraño que los fines de semana aterrizaran helicópteros en las vastas extensiones de los patios de la finca; el arribo de vehículos de lujo por los polvorientos caminos solamente auguraba jolgorios que duraban hasta una semana.

De Escuela de Iniciación a Centro de Espectáculos

Desde el salón de fiestas, en el silencio de las noches, se podía escuchar en los dos poblados el sonido de las bandas y los cantantes que alternaban sus interpretaciones con tableteos de metralletas que disparaban al aire. Hacia 2009 la Fortaleza de Anunnaki fue el escenario que vio crecer como cantante a Melissa Plancarte, hija de Enrique Plancarte Solís, amigo personal de Nazario Moreno y de los fundadores del cártel michoacano; actuaba como telonera de los artistas de talla internacional que acudían contratados a los festejos que en ese lugar organizaba “El Chayo”.

Pese a que posteriormente la cantante —exiliada hoy en Estados Unidos— negó cualquier tipo de relación con grupos criminales de Michoacán, la incrimina una de las principales canciones de su autoría: “Mis soldados, mis guerreros”, donde hace clara apología al liderazgo social de Nazario Moreno y su designación divina como jefe del cartel. Antes que Melissa Plancarte, otros artistas comenzaron allí a despuntar.

Uno de los que con mayor frecuencia realizaban presentaciones era Valentín Elizalde, del que se asegura fue ejecutado en Tamaulipas como respuesta del cártel del Golfo, pues había estado dos días antes cantando para Nazario Moreno en Michoacán en una fiesta privada. Sergio Vega, “El Shaka”, también se hizo presente en varias ocasiones en la Fortaleza.

Ex miembros de la Familia Michoacana que sirvieron al Chayo en aquellos días aseguran también haber visto cantar en ese lugar a Jenny Rivera, a la Banda Calibre 50 y a Mariano Barba, todos ellos mencionados en algún momento por la entonces PGR en averiguaciones penales previas.

Cuando terminaban las fiestas, en un gesto humanitario de Nazario Moreno, les entregaba a las familias pobres de las dos localidades vecinas a la finca todo lo que quedaba en buen estado de las comilonas: refrescos y alcohol iban a parar a las mesas de gente en condición de extrema pobreza que ni siquiera estaban registrados en los padrones de asistencia social del gobierno federal. Las botellas de whisky Buchanan’s o coñac Martell resaltaban al centro de las reuniones de los muchachos en las esquinas, que daban cuenta de los regalos del Chayo.